Por Nurit Meresman-Azoulay
Como cada dos años, tuve la oportunidad de participar en Zamir, un encuentro que reúne a jazanim y músicos de distintas especialidades y comunidades. Durante esos días compartimos charlas, talleres y prácticas vinculadas con la música judía, las tradiciones de nuestro pueblo y el servicio sinagogal.
Uno de los aspectos más valiosos de esta experiencia fue el reencuentro con colegas, amigos y profesionales de la música, así como con personas que en algún momento fueron mis maestros y referentes. Estos encuentros representan siempre una oportunidad para aprender, intercambiar ideas y fortalecer vínculos dentro de nuestra comunidad musical.
El programa también incluyó visitas al Museo Judío del Templo Libertad y al Museo del Holocausto, espacios que nos permitieron reflexionar sobre nuestra historia, nuestra identidad y la importancia de preservar la memoria.
La actividad culminó con el concierto “Un pueblo, 1000 melodías”, en el que tuve el honor de presentarme interpretando dos canciones en ladino: Adio Kerida y Abre este Abajur. El cierre fue especialmente emotivo cuando todos los cantantes nos unimos para entonar Am Israel Jai con toda nuestra energía y nuestro corazón. Finalmente, interpretamos el Hatikva, el himno que representa la esperanza y la identidad del pueblo judío en todo el mundo.
Como siempre, Zamir fue una experiencia enriquecedora, inspiradora y profundamente gratificante. Además de brindarme nuevas herramientas y aprendizajes, me permitió reencontrarme con personas muy queridas y reafirmar, una vez más, el valor de la música como vehículo para transmitir nuestra tradición e identidad.




